Antes del texto
Hay una parte del proceso que no entra en el “cuento oficial” de “escribir”.
Porque el cuento oficial que suelo escuchar (o incluso yo misma solía creer en su momento) es: lo escribís, lo terminás y recién ahí aparece alguien que edita. Como si la edición fuera una puerta que se abre cuando ya tenés algo prolijo para mostrar.
Pero la mayoría de los proyectos no empiezan así. Pueden empezar con disgusto, fragmentados, llenos de intentos. Con cosas buenas mezcladas con cosas que no sabés qué son. Y con una sensación bastante íntima de: sé que hay algo, pero no lo puedo ver.
A mí lo editorial siempre me pareció un mundo medio para unos pocos, no sé bien cómo decirlo…como difícil de llegar…pero creo que ha sido por las grandes editoriales, la desinformación y la poca visibilidad.
Esta creencia de que para acercarte tenés que haber publicado o tener “la” técnica, o una seguridad que, sinceramente, casi nadie tiene cuando está en pleno barro.
Entonces lo que termina pasando es esto: te quedás solx con el caos…y encima te exigís que del caos salga una cosa ordenada, lista, presentable. De una.
Y en esa soledad aparece otra trampa: te volvés leal a una dirección que ya no te convence. No porque sea la mejor sino porque es la que venís sosteniendo hace meses. Cambiar de rumbo se siente como perder tiempo o como traicionarte. La lealtad que hablamos en el otro post.
Muchas veces lo que falta no es “más escritura”, sino distancia y/o alguien que mire con vos y te diga: “pará, mirá esto”.
Y ahí cambia la pregunta.
En vez de “¿qué falta?”, que suele venir con látigo…la pregunta pasa a ser:
¿qué está ahí, pero todavía no lo estás pudiendo ver?
Si te resonó, me encantaría leerte: ¿tu caos hoy es más “notas sueltas”, “muchos docs”, o “una idea fija que ya no podés mirar”? ¿te das cuenta?
Nos leemos,
Magui



